El acercamiento educativo a los sentimientos es una asignatura en la que la humanidad ha venido suspendiendo y repitiendo curso de manera monótonamente reiterada a lo largo de todos los siglos de su existencia.

Las emociones humanas están en el origen de los grandes éxitos y fracasos de las personas. Son la expresión inmediata de nuestra naturaleza creativa y también prestan su imparable energía natural a las acciones más estúpidas y destructivas.

De la naturaleza ciega que atribuimos a ciertas emociones como el amor, la pasión o la ira, han sido más conscientes los poetas que los educadores en todos los tiempos. Ello nos ha permitido ver siempre los efectos más llamativos de nuestros sentimientos, pero pocas veces entender y explicarnos los procesos que siguen hasta aparecer, manifestarse, transformarse y finalmente apagarse.

Podemos contemplar como durante la mayor parte de nuestra historia como especie inteligente los padres han tratado de controlar las manifestaciones más instintivas, impulsivas y en general emocionales de sus hijos.

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Al principio a los hijos les hemos enseñado a comportarse bien y para ello les hemos enseñado a obedecer. Nuestras costumbres, credos, doctrinas, aun cuando acumularan conocimiento o sabiduría las hemos transmitido a nuestros hijos a través de la simple imposición: ¡pórtate bien!, ¡hazlo como Dios manda!.

Éste ha sido un largo capítulo en la historia de la humanidad cuyo título podría resumirse como la educación centrada en la obediencia.

Las corrientes de los últimos años han intentado sublevarse contra ese tradicional y no necesariamente mal intencionado autoritarismo, han buscado una educación que estuviera presidida por las “explicaciones” para que los niños hicieran lo que “tenían que hacer”. Los resultados no fueron los imaginados. Los padres se fueron dando cuenta (tarde como de costumbre) de que algo no estaba saliendo bien, que los niños, por mucho que se les explicaran las cosas no siempre hacían caso e incluso, en muchas ocasiones, no dejaban de hacer lo que les daba la gana.

Y desde luego el fenómeno social que ha encendido las alarmas del desconcierto ha sido la recientísima fenomenología adolescente de nuestro tiempo. Nunca los adolescentes han vivido tan  inmersos en un mundo de riesgos tan dramáticos.

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Durante algunos años el eslogan que toda madre contaba a sus amigas era: “yo le digo lo que tiene que hacer pero se lo explico”. Este mensaje no pasaba de ser en el fondo una manera de describir lo que era imponer buenas costumbres con muchos argumentos. Argumentos que la mayor parte de las veces los niños no entendían. No es tan fácil como parece que un adulto sea capaz de ajustar su lenguaje al pensamiento infantil de cada momento evolutivo.

El otro extremo hacia el que muchos padres se dirigieron demostró ser también ineficaz y, en gran medida, desorientador  para los hijos. Se sustanció en la cultura del “déjale…”, del no frustrarle, del nunca castigar, regañar, contrariar, etc.

El asentamiento en estos ilusorios ideales se parecía más a un movimiento de contracultura que a una verdadera filosofía de la educación. Los extremos de esta forma de entender la vida han llegado a generar auténticas situaciones de obstaculización  de las acciones educativas de los profesionales, cuando los padres se erigían en defensores irracionales de las conductas de sus hijos aunque éstas resultaran incorrectas.

Y pese a todo el gran ausente en los diferentes tumbos educativos que la humanidad ha venido dando ha sido sin dudas el mundo emocional. Muy pocos educadores conocen con suficiente profundidad el mundo de los sentimientos como para diseñar líneas educativas de actuación. Pocos son los manuales que las proponen y menos aun los que las describen.

No es fácil constituirse en educador de esas áreas del desarrollo personal en las que uno no ha sido iniciado educativamente. En las que cada cual sólo recibido lo que buenamente  sus adultos pudieron proporcionarle.

Educar en las emociones y los sentimientos requiere repasar evolutivamente cómo se manifiestan y aprenden, como se comprenden y se expresan.

Supone aproximarse a los niños y desde edades muy tempranas observar, sensibilizarse, acompañar y conducir esas corrientes que nacen en su mundo interno, para que se familiaricen con ellas y con sus transformaciones, haciéndoles capaces de comprender esa parte de su vida y su reflejo en los demás.Inteligencia_emocional_(1).png

Un sentimiento de pérdida porque le han roto su juguete puede transformarse en otro de ira cuando el niño interpreta que la culpa la tiene el compañero de clase que lo ha tratado sin cuidado. En cambio la pérdida acabará por desembocar en tristeza si sólo encuentra el juguete roto sin atribuir a nadie su destrucción.

Los adultos no somos en muchas ocasiones perfectos ejemplos de la ordenación o la expresión de nuestras emociones. Al contrario, muchas veces nos superan llevándonos a cometer errores o a bloquear nuestra inteligencia (“no soy capaz de concentrarme”, “llevo todo el día dándole vueltas…”). Recibir formación en educación emocional significa recorrer desde una perspectiva mediadora y cercana lo que consideramos que en el mundo interno tenemos común las personas, para descubrir las innumerables oportunidades educativas que desde él se pueden desplegar

Jesús Palomino

Consultor senior EIM consultores.