Os dejamos esta excelente carta publicada en Rocio Bellever, Psicología. Accede a la original 

Mi hijo tiene dislexia. Es algo que va a tener siempre, pero eso no quiere decir que no pueda aprender y llegar muy lejos en la vida. Para ello, necesita que los adultos significativos de su entorno le construyamos la base adecuada. Y créeme, tú eres muy significativo en este momento para mi hijo. Me gustaría pedirte que hicieras un pequeño esfuerzo extra por él. Desde que nació, te lo aseguro, no ha dejado de sorprendernos. Igual aún te puede sorprender a ti.

Ya ha terminado tu jornada, por fin. Es evidente que estás cansado, ¿quién no lo estaría cuando tu trabajo es guiar el aprendizaje de tantos niños? ¡No me puedo ni imaginar el nivel de estrés al que te enfrentas cada día!

Me han dicho que el dedicarte a la educación ha de ser algo vocacional. Si no, no vale la pena. Al menos eso dicen. Yo en lo único que pienso es en que cada día dejo a mi hijo en un lugar lleno de otros niños, esperando que le vaya bien, deseando que crezca feliz. A mí no me importa que sea el primero de la clase, ni que saque las mejores notas. Sólo quiero que se dibuje una sonrisa en su cara cuando le pregunte por su día en el colegio.

Sé que vivimos tiempos un tanto convulsos en lo que a la educación se refiere. Que están habiendo muchos cambios en cuanto a la forma de enseñar y de aprender. Que los maestros tenéis que estar continuamente formándoos para atender a aulas cada vez más diversas y exigentes. Sé que muchos os esforzáis por integrar la innovación educativa en las aulas. Que muchos de vuestros compañeros se suman a esas filas en pos de una mejor educación, y que intentáis reclutar a aquellos que se siguen guiando por aquello de “la letra con sangre entra”. Que, para más inri, desde arriba no os ponen las cosas fáciles y que no tenéis tantos recursos como os gustaría. Eso es una labor titánica, y no debe de ser fácil. Te admiro de verdad por ello.

Por si no tenías suficiente con todo esto, te ha tocado a mi hijo en tu clase. Un niño que no aprende como la gran mayoría. Un niño que a simple vista puede parecer vago porque no es capaz de terminar sus tareas, o que es tonto, por la misma razón. Un niño al que le pasan cosas tan extrañas como confundir continuamente las vocales (“¿pero eso no lo aprendió ya en infantil?”), liarse con los días de la semana, o fatigarse sobremanera al leer un texto pequeño. Además tiene muchas faltas de ortografía, ¡y qué rabia dan las faltas de ortografía! Sus compañeros de clase han adquirido una velocidad lectora muy superior y disfrutan con la lectura. Para mi hijo, sin embargo, el solo escuchar la palabra libro le produce angustia.

Mi hijo tiene dislexia. No es tonto, ni vago, ni tampoco está enfermo. Tiene un trastorno específico del aprendizaje que se caracteriza por una dificultad persistente en la adquisición de los procesos lectores. Es un trastorno que requiere de una intervención constante para que pueda acceder a la información más básica. ¡No nos podemos imaginar lo incapacitante que puede llegar a ser no leer bien para un niño! ¿Te has fijado en que la gran mayoría de los aprendizajes en la escuela se adquieren leyendo?

Sé que es más trabajo para ti. Mi hijo necesita que le presentes los contenidos de otra manera, necesita más apoyo, necesita ir más lento para poder ir más rápido en el futuro. Te necesita a ti. ¿Y qué puedes hacer tú? Yo no soy maestra, pero puedo darte algunas ideas que puedes hacer con mi hijo:

  • Adopta una actitud abierta y de ayuda hacia él: mi hijo se siente muy inseguro ante determinadas tareas porque, aunque no lo creas, él sabe perfectamente que leer no se le da bien. Se siente mal por ello. Hazle saber que estás a su lado y que no eres un juez que va a decirle lo mal que lo hace, sino alguien que puede ayudarle a mejorar. ¡Mi hijo es capaz de hacer grandes cosas! Sólo tienes que tenderle la mano… te aseguro que te sorprenderá.
  • No lo compares con los demás: establece unos criterios de evaluación propios y compara sus resultados actuales con los anteriores. Asegúrate que él entiende lo que esperas de él y establece un nivel de exigencia adecuado a sus características.
  • Por favor, por favor, por favor… ¡adáptale los exámenes!: imagina que tienes un examen importante y que cuando te reparten la hoja descubres que está escrita en una especie de código que has de descifrar. Sí, conoces más o menos la pauta, pero el tiempo corre y tú a duras penas puedes entender lo que dice… ¡sería una situación muy estresante para ti! Algo parecido vive mi hijo cada vez que tiene un control en su clase. Hazle enunciados más cortos y siéntate con él para ayudarle a entender. Eso sí, no le chives las respuestas… ¡te puedo asegurar que eso no lo necesita porque estudiamos mucho en casa!
  • Ayúdale a explicarle a sus compañeros lo que le pasa: en realidad, la dislexia no es nada de lo que mi hijo deba avergonzarse. Si lo tratas con naturalidad en el aula, incluso se puede integrar en los contenidos del programa (¿has pensado en hacer un proyecto sobre la dislexia?). De esta forma habrá más posibilidades de que comprendan por qué mi hijo tiene problemas al leer, e incluso se mostrarán más dispuestos a ayudarle, no se burlarán de él y se integrará perfectamente. Ayudarás a mi hijo y mejorarás la convivencia en general… ¡dos pájaros de un tiro!
  • Colócalo, en la medida de lo posible, cerca de donde tú estés: así no tendrás que desplazarte demasiado para poder echarle una mano cuando lo necesite. Podrás acercarte más fácilmente a su mesa y explicarle lo que no haya entendido o simplemente comprobar a un simple golpe de vista si está teniendo problemas con la tarea.
  • Dale más tiempo que a los demás: es lógico. Le cuesta más tiempo leer, por lo que le costará más tiempo acabar la tarea. Si no le presionas, trabajará en mejores condiciones y logrará sus objetivos como todos los demás.
  • Encuentra métodos alternativos de aprendizaje: en serio, ¡hay más cosas además de las fichas! Utiliza imágenes, nuevas tecnologías, exposiciones orales, esquemas o infografías para hacerle llegar la información. Mi hijo te lo agradecerá mucho, porque así aprende mejor.
  • Recuerda que puedes contar conmigo: yo voy a hacer todo lo posible por ayudarle… ¡al fin y al cabo es mi hijo! Podemos formar un gran equipo para hacer que su aprendizaje despegue como sé que puede. Cualquier cosa que necesites para hacer que mi hijo mejore, seré la primera en decir que sí.

Mi hijo tiene dislexia. Es algo que va a tener siempre, pero eso no quiere decir que no pueda aprender y llegar muy lejos en la vida. Para ello, necesita que los adultos significativos de su entorno le construyamos la base adecuada. Y créeme, tú eres muy significativo en este momento para mi hijo. Me gustaría pedirte que hicieras un pequeño esfuerzo extra por él. Desde que nació, te lo aseguro, no ha dejado de sorprendernos. Igual aún te puede sorprender a ti.

Nota: esta es una carta ficticia escrita desde el punto de vista de una madre o un padre que tiene un hijo con dislexia.